Iguazú: Patrimonio de la Humanidad

jueves, 22 de noviembre de 2018

DATOS QUE INDIGNAN


Hoy, cuando me dirigía al curro, bajando la minera camino de Gijón, se emitía el boletín de noticias en alguna de las cadenas de radio que, sin prestarles atención, te hacen el viaje más llevadero. Pero como el dato observado era tan peliagudo, reaccionas, vuelves a la consciencia social y tienes que apretar el volante con ambas manos para no soltar una retahíla de vocablos malsonantes.
El locutor, a la par que informaba de la hora, ocho de la mañana, indicaba que más del 34 % de los trabajadores españoles ganan menos del salario mínimo interprofesional – unos siete mil quinientos euros al año -. Un millón más que en 2008 según datos oficiales, que no de una ONG o asociación civil solidaria. Y lo triste es que todavía hay sinvergüenzas que niegan la mayor; reaccionarios de mierda que se olvidan que hay todo un mundo debajo de la torre de marfil en la que habitan. Que existe el cieno de la sociedad en el que son enterradas en vida muchas familias sin que se lo merezcan, por el macabro juego del reparto injusto.
Y no olvidemos que desde ese S.M.I. hasta el mileurismo hay otro bocado de compatriotas que sirven de tentempié para las fauces del dragón que ni se sacia cuando en el festín se integran todos los que no tienen salario o viven de las ayudas sociales. ¡Ah, no perdón, que según los mismos reaccionarios estos son una caterva de vagos que viven del sudor de los afines al sistema.!
Y entre “pinchu y pinchu” que Belcebú se lleva a la boca, la diarrea dialéctica se trastorna y corrompe; así se enseña que no podemos olvidarnos de todos esos inmigrantes que vienen a robarnos el trabajo o de las etnias que viven de las ayudas sociales. Y lo más triste, es que cada vez hay más gente que piensa así, por que con esa letanía antisocial, repetida una y mil veces, hasta la saciedad, a la par que se reduce el acceso a la educación en libertad y a la cultura se inocula, cual veneno, el germen del odio hacia los distintos y finalmente nos volvemos todos tontos del culo y cargamos contra los que son diferentes, olvidándonos de la importancia de la alteridad como elemento clave de conciliación social.