| "Pobres" V. Vega (1943) |
Los Silencios Activos:
A lo largo del trabajo de campo me he encontrado con testimonios de miembros de las generaciones actuales - descendientes de las que sufrieron la represión - que recuerdan como eran “relegados” o apartados de conversaciones “sensibles”. Así les decían: “Calla la boca, no tienes edad para escuchar esto” o “ni se te ocurra
hablar de esto en la calle”, incluso órdenes tajantes como “si no te callas la boca, te vas a llevar un soplamocos”.
Creaban, en los infantes, una atmósfera de secreto y miedo. Además, esa orden-exordio: “calla la boca”, se veía acompañada de una estrategia de evasión con la que los mayores gesticulaban de forma extraña o escondían
aceleradamente objetos, como cartas, joyas o prendas que tuvieran en su poder.
Esos mismos relatos hablaban de rincones especiales, dentro de las viviendas familiares, relevantes, a la vez que secretos, por ello sagrados, que cobijaban ciertas piezas -patrimonios emocionales y simbólicos-, como recortes de prensa, utensilios familiares, ropas, cartas escritas en inverosímiles soportes, como cajetillas de tabaco, incluso “sospechosos bultos” que luego se descubrieron armas de fuego. Todos se encarnaban como elementos de la
herencia emocional y simbólica de la familia; aquella que se imbricaba con la lucha antifranquista de quienes habían sido sus dueños.
Los "Ritos de paso":
Muchos descendientes describen un momento crucial, al llegar a una edad determinada, en el que se les revelaban las historias familiares y se les daba acceso a aquellos “objetos del alma”: fotos, cartas escritas en cajetillas de tabaco, prendas de ropa o incluso armas escondidas. Este ritual de iniciación los integraba en el
“cuerpo familiar-simbólico” y daba sentido repentino a las evasivas y comportamientos misteriosos que habían observado en su infancia.
Aquel acceso a los “objetos del alma” y a los relatos familiares sobre historias fragmentadas no era un punto final, sino el arranque de una frenética actividad que les obligaría a indagar, averiguar o descifrar información sobre los protagonistas de aquellas historias. Y como algunos sugerían, estas nuevas tareas afloraban tras haber culminado aquel “rito de paso” que les había incrustado en la esfera de la familia simbólica.
Ese proceso de crecimiento personal, basado en sus investigaciones, evidenciaba que, en la mayor parte de las ocasiones, aquellos testimonios que habían recibido en herencia y les habían servido como una “espoleta”, estaban “dañados”, por lo que debían apoyarse en fuentes bibliográficas o en otros relatos propios de la memoria histórica y cultural nativa del Valle del Nálón para llenar muchos vacíos.
Precisamente porque el componente emocional de estas memorias, en principio autobiográficas, se encontraba “dañado” -fragmentado, silenciado, distorsionado-, y necesitaba ser reinterpretado y recombinado para tener sentido. Así, la reconstrucción de la historia personal de las víctimas y de la memoria histórica del valle no se produce a pesar de las lagunas, sino a través de la lucha por vaciarlas.










