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| Imagen de "nadadores" entrando en Ceuta, fuente "El País" |
El Estrecho de Gibraltar es un espejo donde España ha visto siempre su reflejo, pero rara vez ha reconocido su propia cara; un “no-lugar”, como la antropología define a aquellos espacios de tránsito o comunicación, donde las personas son anónimas; aunque mejor sería categorizarlo como “lugar sensible” porque reproduce emociones, sensibilidad encarnada y memoria colectiva. Una “zona gris”, que degrada las relaciones humanas y donde las fronteras se difuminan para resignificarse luego, desde relatos extremistas, como confines inexpugnables que separan opresores y oprimidos, víctimas y victimarios, poderosos y parias, invasores e invadidos…
Apenas catorce kilómetros separan dos orillas que han compartido religiones, dinastías, comercio y sangre, pero que en los momentos clave parecen condenadas al desencuentro. La crisis humanitaria de este verano en la frontera de Ceuta, con una cifra de muertos que ya ronda – según datos oficiales - la centena, no es un accidente; es el último capítulo de una relación que comenzó mal y que, cinco siglos después, sigue lastrada por la desconfianza, el espionaje y la geopolítica de terceros.
Para entender el presente, hay que mirar muy atrás, hasta 1492, cuando los Reyes Católicos, con el Edicto de Granada, decretaron la expulsión de los judíos. Muchos de aquellos sefardíes, con su red comercial y poder cultural, encontraron refugio en Marruecos, donde ya existía una comunidad judía arraigada e influyente. En 1609, Felipe III dictó el Bando de expulsión de los moriscos y de nuevo, el norte de África, especialmente Marruecos, se convirtió en el destino de miles de hispano-musulmanes que fueron obligados a abandonar su tierra. Dos expulsiones con las que los monarcas de España querían depurar su identidad pero que, paradójicamente, reforzaron al vecino del sur. España expelió, durante los siglos XV y XVII, unos 400.000 españoles que Marruecos acogió y convirtió en ciudadanos marroquíes.
Pero la historia de Marruecos no es solo la de un receptor de exiliados. También es la de un actor con visión de futuro. En 1777, el sultán Mohammed III se convirtió en el primer jefe de Estado en reconocer la independencia de los Estados Unidos, ofreciendo sus puertos para el comercio. Una jugada maestra: apostar por la nueva potencia frente a las viejas monarquías europeas. Esa alianza temprana con Washington ha sido un activo que Marruecos ha sabido rentabilizar.
Ya en el siglo XX, durante la II Guerra Mundial, el gobierno colaboracionista de Vichy pidió al sultán Mohamed V que entregara a los judíos marroquíes a los nazis, este respondió con una frase que la Historia y las personas deberíamos recordar más: “Los judíos, los cristianos y los musulmanes son todos ciudadanos marroquíes y no voy a entregar a ninguno”. Ese gesto de dignidad cimentó una lealtad de la comunidad judía internacional hacia la monarquía alauí que dura décadas.
En 1947 aparece un nuevo tablero para el juego; el de Oriente Próximo. La ONU somete a votación la partición de Palestina, como paso previo para crear el Estado de Israel. España y Marruecos no participaron; nuestro país no era miembro de la ONU por el aislamiento franquista, y Marruecos era un protectorado dividido entre Francia y España. Sin embargo, la postura de Franco, incapaz de ver más allá de sus enfermos delirios de grandeza, fue clara: simpatía con la causa árabe y rechazo al nuevo Estado de Israel. En 1948, creado ese estado, los judíos marroquíes, descendientes de aquellos sefardíes, apoyaron y emigraron a lo que entendían su “tierra prometida”. El vínculo sefardí se convirtió, sin buscarlo, en un puente diplomático entre Rabat y Tel Aviv.
La agonía del dictador español, en 1975 abre una nueva escalada. Ese mismo año, Hassan II organizó la Marcha Verde con 350.000 civiles marroquíes que cruzaron la frontera del Sahara, sin que se registrara ni un solo muerto. Un golpe de efecto que cambió el mapa, relegando a España en una posición incómoda. Desde entonces, las relaciones hispano-marroquíes han sido un tira y afloja constante: la crisis de Perejil, el conflicto pesquero y, más recientemente, la crisis de Ceuta en 2021, provocada por la decisión de España de acoger a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario y enemigo político de Rabat, para ser tratado de la COVID-19, que desencadenó una respuesta inmediata en forma de nueva “marcha verde” hacia Ceuta, con miles de inmigrantes forzando la valla.
Como se evidenciaría posteriormente, en mayo de 2021, coincidiendo con la crisis, Rabat toma la delantera en el terreno del ciberespacio, pues los servicios de inteligencia marroquíes -presuntamente- desencriptaron los teléfonos móviles del presidente del Gobierno y varios ministros, mediante el software Pegasus, desarrollado por la israelí NSO Group, que Marruecos había adquirido en 2017, con mediación de los Emiratos Árabes Unidos. Algunos culpan a esta captura de datos políticamente “sensibles” como el detonante del giro de Pedro Sánchez respecto al Sahara, apoyando el plan de autonomía marroquí; un movimiento de “realpolitik” que enfadó a Argelia y que benefició indirectamente Italia.
Este episodio revela el papel silencioso de Israel en la ecuación y se desvela que, durante décadas, ambos países han mantenido una interesante relación basada en la memoria sefardí, los intereses de seguridad y la tecnología. Así, el espionaje con Pegasus no es un incidente aislado; es el síntoma de una nueva guerra que se libra con datos, no con ejércitos.
Ya en 2026, el presunto acercamiento de Moncloa hacia Argelia en busca de gas natural ha vuelto a tensar la cuerda. El resultado, una nueva marcha verde, pero esta vez con un saldo trágico: cerca de un centenar de muertos. La diferencia entre 1975 y 2026 es que la diplomacia se ha deteriorado tanto que la presión migratoria se ha convertido en un arma con consecuencias humanas directas. Lo que los geo-estrategas llaman guerra híbrida.
Y es aquí donde aparece un nuevo actor, Gran Bretaña, sirviéndose sobre el tapete, un póquer de ases – USA, Marruecos, Israel, Gran Bretaña -, para arrebatar la soberanía de España en el Estrecho de Gibraltar.
Marruecos y España están condenados a entenderse, pero también parecen reos de la desconfianza. El problema no es la distancia de catorce kilómetros, sino la memoria de cinco siglos de desencuentros, donde las expulsiones, las alianzas con terceros y el espionaje han tejido una relación que siempre parece estar al borde del abismo. Quizás el primer paso para resolver el conflicto sea reconocer que el otro no es un extraño, sino un espejo incómodo. En caso contrario, seguirán muriendo seres humanos.
Heri Gutiérrez García. Economista y Antropólogo









