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| Lugar sensible del Valle del Nalón |
... Tras esta información, borré el vídeo y subí otro explicando todo lo ocurrido, a la vez que reconocía públicamente la inestimable ayuda de Dalmacio Iglesias; seguidamente informé al equipo de la Universidad de Oviedo, mediante un correo electrónico.
Finalmente, días después, me acerqué hasta el lugar real de los hechos. Al llegar, una mezcla de encontradas emociones golpearon mi cerebro con la misma virulencia con la que impacta el gancho de un peso pesado en la cara de su oponente.
Por un lado, me embargaba la alegría por haber encontrado el emplazamiento, real y exacto; pero también al ver el mal estado de conservación en que se hallaba aquel lugar de memoria, me invadió un tsunami de sensaciones negativas como pena, indignación y bochorno y pensé que Dalmacio no había exagerado, en lo más mínimo, cuando me habló del abandono al que habían condenado dicha fosa.
La falta de vergüenza, ausencia de civismo, el visceral odio y la mala educación a partes iguales, habían mancillado la placa conmemorativa y transgredido su simbolismo. Aquella lámina, de color blanco, que contenía el escudo del Principado de Asturias, el emblema de la “Memoria Democrática d’Asturies”, la significación de la fosa y la leyenda “A los que dieron su vida por la Libertad y la Democracia”, estaba cruzada de bruscos, bastos y torpes brochazos de pintura roja y salteada con muescas de lo que, desde cerca, parecían los impactos de perdigones de escopeta. Esos estragos continuaban a lo largo del monolito de piedra, en el que estaba incrustada la placa. No corría mejor suerte el muro de piedra rústica marrón, que envolvía el conjunto simbólico, ni tampoco la barandilla cromada que se erguía sobre aquel.
Ese imaginario de memoria, erigido para recordar a todos los que lucharon por la Libertad y que por ello sufrieron la persecución y la represión del franquismo, se había travestido de blasfemias y pintadas con todo tipo de insultos de ideología fascista. Destacaba, por encima de todos, con enormes letras en color rojo, la expresión: “Putos Rojos, de mierda; fuera de España”. Esta, era por cierto, la locución, más leve y menos soez, que se podía encontrar en aquel necio, absurdo y macabro mural. Había otras expresiones, de menor tamaño que la proposición anterior, en letras de color negro y también rojo, incitando a perseguir y acosar a quienes no eran afines a la ideología del grupo que suscribía. Tosquedades, rayando el delito de odio, como (...)
En honor a la verdad, pasados varios años desde mi primera visita, otra posterior, me permitió observar que algunos de aquellos eslóganes habían sido eliminados. Se podía intuir que una o varias cuadrillas de limpieza había actuado allí, aunque también quedaba patente que, quizás porque esa labor de mantenimiento se hacía con poca periodicidad, nuevamente empezaban a proliferar, como las setas, frases salidas de tono, con injurias y agravios.
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Tras aquel desquiciado retablo, se encontraba el decadente muro del antiguo camposanto que, otrora robusto y vigoroso, debió ser testigo silencioso y, sin pretenderlo, partícipe de aquellas macabras historias de infamia y muerte. Por ello, era posible que sus piedras, además de albergar crónicas del horror, tuvieran incrustadas balas, erradas de su objetivo, y disparadas desde los máuseres que portaban los miembros de los pelotones de ejecución.
Al acariciar su estructura, con la palma de mi mano, me pareció que había sido levantado para ser macizo, recio y, como todas las tapias que separaban a los vivos de los muertos, para delimitar el lugar simbólico de respeto y recuerdo eterno hacia los que yacían en su interior. También es comprensible que, al construirlo, se pretendiera firme y resistente para evitar que la “güestia”, saliera del camposanto en procesión buscando vivos, que se aventuraban solos en la noche, según narraban los relatos de las leyendas asturianas, en fechas próximas a la noche de difuntos o para amedrentar a los mozos y mozas que buscaban la salida de la luna para iniciar sus cortejos. Pero seguro que nunca se planificó para servir como elemento circunstancial de crímenes contra seres humanos perpetrados durante la represión franquista.
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Como durante los años setenta, el cementerio de la localidad fue trasladado y los restos de los fallecidos llevados esa nueva ubicación, el desuso provocó el descuido y aquel paredón empezó a desmoronarse y ciertamente en el presente amenazada ruina. Pero, aun así, desdentado y en avanzado estado de deterioro, albergaba mucha vida.
Con el paso del tiempo, en aquel feudo de abandono aparecían, sobre las piedras, moho blanquecino, líquenes y musgos en todos los tonos y matices del espectro verde. Sobresalían, desafiando a la gravedad, fecundados por el ambiente húmedo y sombrío del sotomonte cercano, ostentosos y espesos matojos de hierbajos entre las juntas de las piedras. Contenía tanta biodiversidad, que hasta estaba recorrido, en perfecta entropía, por ejércitos de hormigas, como el olmo viejo y seco de Antonio Machado, caracoles y babosas que buscaban alimento en la flora que proliferaba en el muro.
Escorada hacia la derecha aparecía una puerta de doble hoja, con unas verjas de acero, que habían sido pintadas, seguro, hacía mucho tiempo. La intemperie y el óxido se había comido casi todo el gris metálico que le había dado lustre cuando el conjunto mortuorio cumplía la función para la que fue consagrado. Entre los barrotes asomaban las cabezas un pequeño rebaño de ovejas que pastaban en el interior y que parecían salir a recibirme.
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La finca tenía forma rectangular y ascendía con una ligera pendiente. En frente de la entrada, más o menos en el centro del solar, a media ladera, aparecía una estructura, bastante bien conservada, que yo supuse erróneamente una antigua capilla y que, como me comentaron más tarde los vecinos de ¿...? había sido la morgue del camposanto.
No pude entrar porque las puertas estaban esposadas con una gruesa cadena también oxidada, a juego con el deterioro reinante. Así que se me ocurrió deslizar adrede, lenta y cuidadosamente, entre las barras metálicas, el móvil con el que estaba grabando. El efecto, en el visionado posterior, resultaba ciertamente gracioso; parecía que quien se aproximaba a la puerta, en una cabriola imposible, se incrustaba entre los barrotes y terminaba penetrando el la finca.
En el interior del recinto, a la derecha, un ciprés robusto y bien armado de ramaje gobernaba en solitario el paisaje. En el centro, bajo la hierba verde y tierna, rasurada por las ovejas inquilinas, parecía reconocerse lo que debió ser una escalera que ascendía hasta la morgue. Unos metros más atrás, hacia arriba, asomaban los restos del muro trasero, en peor estado de conservación que el de la entrada. Posiblemente por causa de derrabes de tierra en las fincas que estaban, mal atendidas, en la parte alta y contiguas al camposanto.
Además de las merinas, media docena de palets de madera amontonados, contra la pared interior, cerca de la entrada y un par de tendejones, con techumbre de lona azul, para la protección del ganado, componían el retablo del lugar. Recuerdo que aún perturbado y sin haberme recuperado del impacto que me produjo el vandalismo sobre el espacio memorialista, me sentí un tanto aliviado al observar la tranquilidad que reinaba en su interior. Así se me ocurrió dar una justificación antropológica: “Nuevos usos para antiguos entornos”.

